sábado, 30 de abril de 2011

Mr Robinson's Neighborhood

Nunca acabé de pillar qué rollo tenía Eddie Murphy con Smokey Robinson, pero sus parodias en plan Barrio Sésamo eran delirantes. ¡Y qué decir de la estrella invitada!

El vídeo está al revés y la calidad no es muy buena, pero con lo duros que son en la NBC, ¡ya puede dar uno gracias!


viernes, 29 de abril de 2011

Involúcrate

James Brown, Bobby Byrd, Bootsy Collins y todos los demás... ¡simplemente no es mejorable!


jueves, 28 de abril de 2011

Devil Girl From Mars (1954)

No creo que haya muchas actrices cuyos títulos referenciales en su carrera sean una superproducción como Quo Vadis y un film de serie B como Devil Girl From Mars, pero ése es el caso de Patricia Laffan, una gran actriz que habría merecido mejor suerte y una carrera cinematográfica más potente; seguro que habría podido dar más de sí. Su reptiliano papel de Popea en Quo Vadis lo demuestra.

Viendo pelis de ciencia ficción 50s inglesas siempre tengo la sensación de que allí, a pesar de la evidente falta de presupuesto, trataban de hacer lo mejor que podían con un guión más o menos coherente y una realización que le da su tiempo a la historia. Habrá de todo supongo, pero en un principio Devil Girl From Mars al menos parece tratar de dar una buena impresión. Luego aparece el robot destructor que parece un frigorífico de la época con patas y se va todo al garete, pero si la intención es lo que cuenta, Devil Girl From Mars cumple. Aunque prácticamente toda la historia transcurra en dos o tres decorados.

La trama es, como cabía esperar, bastante simple: un curioso meteoro se estrella contra la Tierra, llevándose de paso un avión por delante. Pero el avión no parece importarle a nadie, así que un científico y un periodista (el equipo habitual en estos casos) acuden al interior de la Gran Bretaña para estudiar el aerolito impactado. Pero el aerolito no es tal, pues es en realidad un trozo de una nave extraterrestre que por error ha aterrizado en la campiña y no en Londres. Por el bien de los tripulantes uno espera que en Marte también haya aseguradoras.

Pues bien, los tripulantes del platillo volante son el frigorífico que anda y una pérfida mujer llamada Nyah. Resulta que en Marte en vez de guerras mundiales tuvieron una guerra de sexos, tras la cual quedaron tan pocos hombres y tan esmirriados y asustados que lógicamente tienen problemas para procrear. Y es que en Marte, una vez más, todo resulta ser más humano de lo que parece. El problema es que hay muchas mujeres; hombres, pocos e inservibles (al contrario que en la Tierra, donde son inservibles, pero hay muchos); y una alta tecnología capaz de hacer rayos destructores, platillos volantes y frigoríficos móviles, pero que no tienen la tecnología de la inseminación o distinción entre miembros y miembras. Por eso envian a la tal Nyah, en plan exploración, para de paso llevarse a un buen especimen machuno a Marte para repoblar el planeta rojo. ¡Qué terrible destino! Pasarse la vida copulando con bellas marcianas.Pues, ¿a qué no adivináis? ¡Claro que sí! El guaperas de turno se indigna ante tal pensamiento. Será porque se ha enamorado de una chica que se hospeda en la posada y que huye del mundanal ruido para huir de una relación con un tipo casado (así como lo leen; para una peli de los 50 de ciencia-ficción ya es bastante rompedor).

Por supuesto la malvada Nyah es Patricia Laffan, que aparece como una especie de Darth Vader femenino que sirviera hamburguesas sobre patines. Aparte de llevar el sempiterno uniforme de las chicas marcianas (no sé por qué pero allí siempre van con faldas cortas) mostrando sus bien torneadas piernas, la Laffan se dedica a derrochar carisma malvado y a lanzar sus frases de la forma más mecánica y acartonada posible, para que se vea que no es de aquí. Y obviamente no hay mucho más, ella es el film, y el film es ella. Después de Popea y Nyah Patricia Laffan debería haber aparecido en muchas más películas aportando su glamour de perra fría y calculadora colmando de felicidad a los que pertenecemos al Club de Amigos de la Ama de Llaves de Rebeca, pero por lo visto ningún otro de sus films llegó a destacar lo bastante, y Patricia Laffan desapareció para siempre jamás del celuloide. Lástima.

Patricia Laffan, la novia de Vader

Devil Girl From Mars, una peli para incondicionales del género o para aquellos que quieran disfrutar más de la Popea del 51.

miércoles, 27 de abril de 2011

Lemmy: The Movie

No creo que haya mucho que decir a estas alturas. Ya sabéis que cualquiera que tenga el rock por las venas tiene que ver este documental. No sé con que quedarme: con los chistes alucinógenos, con el momento tanque, o con el pez que canta "Don't Worry Be Happy". Indisfuckingpensable.

lunes, 25 de abril de 2011

La sombra de Caín: La pirámide de Charles Ponzi

Muchas décadas después de que Charles Ponzi abandonara este valle de lágrimas, un personaje de cierta serie de televisión, gordo y rico, se lamentaba ante su poderoso amigo, un tal Nucky Thompson, tras haber perdido toda su fortuna en unas aparentemente muy lucrativas inversiones. Y es que, como ya le había advertido su amigo Nucky, nadie da duros a cuatro pesetas. Sin embargo, durante su corto pero sonoro reinado, Charles Ponzi logró convencer a una ciudad entera, Boston, y a gran parte de la Costa Este, de que tal milagro podía hacerse. Ésta es su historia.

De pasado algo oscuro, como cabría esperar de un sujeto como Ponzi, su lugar de nacimiento se sitúa en algún lugar de la provincia de Ravena, un 3 de marzo de 1882. Venido al mundo como Carlo Ponzi en una humilde familia, una de las primeras cosas de las que se dio cuenta un joven Ponzi, por el simple arte de la observación, es de que nadie a su alrededor parecía prosperar en la vida, a pesar de que gente como sus padres se deslomaban de sol a sol en las gastadas tierras italianas. Muy pronto Charles Ponzi decidió que aquello no era lo que quería para su vida. Así que en cuanto pudo juntar algunos ahorros, Ponzi hizo como muchos de sus compatriotas y emigró a la tierra prometida, los Estados Unidos.

El año era 1899. En su viaje transatlántico, Ponzi observaba la cubierta de los ricos, diciéndose así mismo que algún día él sería uno de ellos. Pero hasta entonces aun debía de aprender muchas lecciones. Una de ellas la aprendió en aquel mismo viaje, cuando dos bribones le embaucaron para que jugara a las cartas, despojándole de todos sus ahorros, salvo unos míseros dos dólares con cincuenta, que fue la cantidad que tenía en el bolsillo cuando llegó al puerto de Nueva York.

Chico despierto y con facilidad para los idiomas, Ponzi no tardó en aprender un buen inglés. Pero también aprendió que en los Estados Unidos el sueño americano se cumplía para tan pocas personas como el sueño italiano. Es decir, que los pobres seguían siendo pobres, y los ricos seguían siendo ricos. En los años siguientes Ponzi trabajó en decenas de trabajos duros y mal pagados por toda la Costa Este, desde Pittsburgh a Boston. Como su suerte no cambiaba, el joven italiano decidió probar en Canadá, y se trasladó a Montreal. Y fue allí, en aquella fría ciudad canadiense, donde otro italiano le abrió los ojos.

Por la época en que llegó a Montreal, alrededor de 1907, el Banco Zarossi estaba dando mucho que hablar, especialmente entre los inmigrantes italianos. Su director, Luigi Zarossi, ofrecía a sus clientes un seis por ciento de interés por sus ahorros, el doble de lo que podía ofrecer cualquier otro banco. Como un Antonio Alcántara cualquiera, Ponzi entró a trabajar en el banco y fue ascendiendo de la mano de Zarossi. Todo parecía ir sobre ruedas: el Banco Zarossi cada vez atraía a más clientes, por lo que había más dinero para todos.

Llegó el día en que Zarossi se asoció con un tal Charles Bianchi. A partir de entonces el negocio creció tan deprisa que Zarossi hubo de abrir sucursales. Su éxito era arrollador. Y también lo era el de Bianchi. Cuyo verdadero nombre era, por supuesto, el de Carlo Ponzi. Una vez que Zarossi hubo puesto al corriente a su refulgente empleado de lo que verdaderamente pasaba allí, el bien construido cerebro de Ponzi se puso a trabajar en el asunto, hallando un medio de obtener muchos más beneficios. Así, el pequeño chanchullo de Zarossi se convirtió en un gran chanchullo. Y evidentemente cuando al otro lado del Atlántico las supuestas ganancias, cheques y divisas que debían llegar, enviadas a través del banco por sus familiares inmigrados, no llegaban, la noticia no tardó en llegar a Canadá. Y cuando eso ocurrió, Luigi Zarossi tuvo que dejar la ciudad. Ya de paso, se apropió de todo el contenido de las cajas del banco que pudo transportar. El fantasma Bianchi nunca fue encontrado, y su sosias de carne y hueso, Ponzi, estuvo un tiempo viviendo con la familia de Zarossi, a quien tuvo que mantener. Decidido a escapar de su suerte, Ponzi decidió falsificar un cheque y con ese dinero volver a los Estados Unidos. Pero su truco no resultó y Ponzi acabó cumpliendo tres años de cárcel en alguna sórdida prisión canadiense.

Carlo renació como Charles Ponzi en Boston, allá por 1917, trabajando como escribiente en una firma de corredores de comercio de importación y exportación. Fue en aquella oficina donde Charles Ponzi tuvo su revelación, su particular camino a Damasco. Allí aquel Saulo italiano descubrió una manera de dejar su vida miserable atrás.

Todo comenzó cuando cierto día de 1919 cuando cayó en sus manos un sobre procedente de España. En el interior había un sello postal de respuesta. ¿Qué que era aquello? Ponzi tampoco lo supo inmediatamente. Pero pronto averiguó que aquella clase de sellos se usaban para cubrir gastos de franqueo de una carta de respuesta de la firma. Estudiando aquello más detenidamente, Ponzi observó que el sello postal había costado un centavo, allá en Madrid. Y que en cualquier oficina de correos de Boston podía canjearse por cinco centavos. Un brillo cruzó sus ojos. En los siguientes días Ponzi se estuvo informado sobre cambio de divisas, envío de sellos postales, y demás asuntos relacionados. Se imaginaba que comprando sellos por toda Europa y canjeándolos en Estados Unidos podría hacer fortuna.

Para cuando Ponzi se dio cuenta de que su espléndida idea tenía muchos puntos débiles, de que no se hacían bastantes sellos postales en un año como para hacerle rico, y de que montando una compra de sellos a gran escala casi le costaría más que lo que pudiera ganar, Ponzi ya se había despedido del trabajo. Cosa que no gustó a su mujer, Rose. Y es que Charles había regresado con una esposa del brazo.

También Saulo hubo de caer del caballo para ver la luz. Y Charles Ponzi había caído, pero se levantó para ver la luz que le haría millonario. Ocurrió una tarde de verano, sentado en las escaleras de su finca, charlando con un par de conocidos suyos que cavaban zanjas y ponían ladrillos. Como mucha otra gente humilde a lo largo de la historia, los dos amigos, entre charla y charla, comenzaron a fantasear sobre lo que harían si fueran millonarios. En ese momento algo se activó en la mente de Ponzi. Aquella conversación fue para él lo que aquella manzana fue para Isaac Newton. El astuto italiano lo vio claro, y les dijo a sus compañeros que si querían ser millonarios, él tenía un plan. Algo que ver con la compraventa de ciertos sellos postales. Si confiaban en él, podían darle cierta cantidad de dinero. Ponzi se comprometía a doblar su dinero en un plazo de 90 días. Era un negocio seguro.

Aquel fue el principio de una escalada sin precedentes de un engaño increíble, una estafa que alcanzaría proporciones bíblicas. No es que Charles Ponzi fuera el primero en tener la idea, seguramente aquella trampa era tan vieja como el mundo, o al menos tan vieja como el capitalismo. Pero sería Charles Ponzi quien la perfeccionaría, quien la llevaría más lejos que nadie, dándole a aquel esquema criminal su nombre, el "esquema Ponzi". El cubismo tuvo a Picasso; las finanzas fraudulentas tuvieron a Ponzi.

Y bien, ¿qué hizo Ponzi con el dinero que le dieron aquellos dos obreros? Otros se lo habrían gastado en el bar más cercano, habrían pagado la cuenta del gas, o, los menos, habrían comprado flores y bombones a su mujer. Evidentemente Ponzi veía más claro. Si en noventa días no daba a aquellos obreros su dinero, o abandonaba la ciudad o acabaría bastante magullado. Por lo tanto comenzó a hacer girar la rueda que iba a levantar a su pirámide: fue con el cuento de su fabulosa idea a otro par de primos. Y luego a otros dos. Unos días después habló con otros tantos. Y luego, convenció a unos vecinos... Van comprendiendo, ¿verdad? Pasados los 90 días, Ponzi cumplió su palabra, y entregó a los obreros el doble de la cantidad que le habían prestado. Por supuesto, ese dinero venía de los otros dos primos a quienes había convencido después. Y así, sucesivamente, Ponzi comenzó a cumplir su palabra... Obviamente, muy pronto en todo el barrio italiano corrió la voz: un tal Charles Ponzi, mago de las finanzas, invertía tu dinero y te daba el doble a los 90 días. Era infalible. Aquellas Navidades la gente del barrio italiano de Boston no esperó ilusionada a Santa Claus. Fueron a darles sus ahorros al señor Ponzi.

El 20 de diciembre Charles Ponzi abrió una oficina en School Street, una de las calles más importantes de Boston. Acababa de fundar la Securities Exchange Company, el pilar que iba a hacer de él un hombre rico. Muy pronto un buen grupo de italianos iba a cada día a ver a Charles Ponzi para retirar sus ganancias. Ponzi siempre les preguntaba si deseaban reinvertir sus ganancias. No eran pocos los que decidían seguir dándole dinero para así aumentar sus incipientes pequeñas fortunas.

Si en un principio su mujer, Rose, se había preguntado de dónde llegaba todo aquel dinero, Ponzi pronto la calmó con suntuosos regalos, asegurándole que había dado con una llave para el sueño americano. Ya no debía preocuparse por el futuro. Él cuidaría de los dos.

Si en febrero de 1920 Ponzi hacía 5.000 dólares (de la época) al mes, en marzo estaba facturando 30.000 dólares. Muy pronto el volumen de negocio fue tal que Charles hubo de contratar a contables, además de a un nutrido grupo de agentes que enviaba a todas partes para que le trajeran a más primos, es decir, a más inversores, a cambio de un generoso 10% de comisión para sus sabuesos del dinero. Su mujer Rose dejó su trabajo de asistenta y comenzó a trabajar como secretaria para su esposo.

Evidentemente para abril entre sus clientes se contaban no sólo italianos, sino anglosajones, rusos, alemanes, irlandeses... cualquier chupatintas de Boston estaba deseoso de entregar sus ahorros a Ponzi (que muchas veces, entre los más humildes, se resumían a cinco o diez dólares) para que éstos vinieran duplicados a los 90 días. Cada noche, tras anotar las entradas y salidas de dinero, Ponzi ingresaba sus ganancias en un banco cercano a su oficina, la Hanover Trust Company. A aquella cuenta siguieron otras, y pronto Ponzi hubo de abrir una sucursal para atender a todos sus clientes. Todo iba viento en popa.

La clave del éxito de Ponzi, aparte de una gran idea, fue su conocimiento de las personas y su psicología. Tenía magnetismo, una sonrisa para sus clientes, y una mirada límpida que desprendía honradez y confianza. Y sabía zafarse de los peligros. Cuando un reputado financiero declaró en un periódico que aquel negocio era irrealizable, Ponzi le demandó a él y al periódico por una exorbitante cantidad. Aquel rápido movimiento incrementó su fama, a la vez que acalló protestas de sus detractores. Por entonces la acusación de libelo era una cosa seria, y los periódicos prefirieron, por el momento, no dar voz a quienes dudaban del lucrativo negocio de aquel italiano surgido de la nada.

En mayo Ponzi tenía en sus bolsillos la por entonces pasmosa cantidad de 420.000 dólares, y decidió darse a él y a su mujer la vida que correspondía a su nuevo estatus. Dejó su piso, se compró una mansión y sustituyó los taxis por un lujoso coche y un chófer. Por supuesto, hacía tiempo que su mujer llevaba suntuosas pieles y joyas caras, mientras que él sólo llevaba los mejores trajes hechos a medida, zapatos a la moda y un refinado bastón. Por fin Charles Ponzi se convirtió en lo que siempre había querido ser: un hombre rico.

En junio, seis meses después de haber abierto su oficina, un día Charles Ponzi entró en la Hanover Trust Company, donde muchos directivos le habían mirado por encima del hombro por ser un nuevo rico de origen dudoso. Pero aquel día no pudieron sino reverenciarle y quitarle el polvo de la levita. Ponzi se había hecho con la mayoría del accionariado del banco. No sólo eso, sino que en la reunión del consejo, expresó su deseo de ser presidente del banco. Y, por supuesto, salió de allí como presidente de la entidad. Aquel fue el primero de muchos movimientos para comprar acciones de bancos por todo Boston. Evidentemente, también cumplió el sueño de todo trabajador: compró la antigua correduría donde había languidecido tanto tiempo, y despidió a su antiguo jefe.

Pasaban los días, y el negocio seguía prosperando. Cuando un comisario de policía decidió investigar el asunto, Ponzi no sólo hizo perderse a los agentes enviados desde la central en un galimatías de cifras y finanzas mientras les enseñaba sus sellos postales, sino que además de asegurar al comisario que Ponzi era totalmente honrado, le confiaron su dinero para que se lo invirtiera. Todo el mundo quería a Ponzi. Y los que no, se guardaban de decirlo, para no pasar por tontos, antipáticos, o para evitar las demandas judiciales. Definitivamente todo iba bien para el italiano.

Sin embargo, había alguien que no se tragaba aquel cuento. Tenía ese picor del detective que le decía que allí había gato encerrado. De hecho, desde la ventana de su despacho, podía ver a Ponzi entrar y salir de la Hanover Trust Company a diario. Aquel hombre era Edward J. Dunn, el director del Boston Post. Eddie, como le llamaban los amigos, tenía un problema: había comenzado a ver el rostro de Charles Ponzi hasta en la sopa. Sólo el hecho de pensar que allí, delante de sus narices, había algo turbio, y que él no estaba haciendo nada para resolverlo, le ponía malo. Así que aquel verano entrante de 1920 Edwad Dunn le encargó una tarea muy específica a uno de sus reporteros de confianza: averiguar al detalle cómo Ponzi se podía haber hecho rico negociando en cupones postales de respuesta. El informe no tardó en llegar; sencillamente, hacerse tan rico en tan poco tiempo en aquel negocio era imposible. Dunn se puso a comprobar los datos del informe de su reportero. Por ejemplo, en 1919 se habían emitido cupones por valor de 58.000 dólares. Aquello no encajaba con un negocio que estaba produciendo centenares de miles de dólares. Sí, definitivamente algo olía a podrido en la Dinamarca de Charles Ponzi.

Dunn comenzó entonces a recopilar información acerca de Ponzi. A pesar de sus estimaciones, no podía probar que realmente no fuera aquel un negocio honrado. Dunn no logró demasiado, pues no se sabía demasiado acerca de Ponzi. Hasta que uno de los informadores habituales del periódico afirmó que sabía que Ponzi era un granuja. El informador tampoco podía probar nada, pero sabía que había visto aquel rostro antes. Solo que no podía recordar dónde. No era mucho, pero ya era un comienzo para el astuto y pertinaz Eddie Dunn. Por el momento, Dunn aplicó su particular sacacorchos a aquel informante hasta dejarle seco. Así averiguó que aquel granuja había estado en algun lugar de Canadá en el pasado. Inmediatamente Dunn puso en movimiento a su red de reporteros, y los envió al otro lado de la frontera, a que se recorrieran comisarías y cuarteles, buscando algún posible antecedente criminal de Charles Ponzi.

Mientras tanto Dunn se entrevistó con Richard Grozier, el hijo del mandamás del periódico. Ambos estuvieron de acuerdo en que algo había que hacer respecto a Ponzi. Por el momento el 17 de julio se publicó un artículo a primera página sobre el negocio de aquel hombre, sin hacer acusación alguna. Tan sólo apuntaban el dedo hacia el increíble éxito de Ponzi. El titular lo decía todo: DOUBLES THE MONEY WITHIN THREE MONTHS; 50 Per Cent Interest Paid in 45 Days by Ponzi—Has Thousands of Investors. La única pregunta que se hacía el periódico era: ¿cual es su secreto?

Por el momento el artículo sólo sirvió para molestar algo a Ponzi, y, de paso, procurarle más clientes, gracias a la extraordinaria publicidad. También le ganó al Post un buen número de gente enfadada a las puertas de la sede del periódico. Pero Dunn no sólo era paciente, sino que además era astuto. Y envió a un reportero para ver si lograba una entrevista con Ponzi. La entrevista se llevó a cabo, aunque no duró mucho. El nuevo magnate hizo saber al reportero que aquel artículo le había disgustado, y que no sabía por qué no les había demandado. El reportero instó a Ponzi a que presentara sus quejas directamente al director del periódico. Al hombre del momento aquello le pareció una buena idea. También se lo pareció a Dunn, ya que podría tantear a Ponzi y ver qué escondía bajo su eterna sonrisa de hombre triunfador. Cuando llegó Ponzi, éste repitió su invectiva acerca de la demanda judicial. Dunn le dijo que estaba en su pleno derecho para demandarles. Y así fueron conversando y hablando de esto y de aquello, y comentando lo curioso del negocio aquel, como quien habla del tiempo.

Como buen periodista que era, Dunn se puso contra el viento, calmó a su presa, y entonces decidió lanzar su torpedo, a ver contra qué chocaba. "Hábleme de aquel conflicto que tuvo en Canadá". Ponzi se puso rígido. Tocado... "Oh, sí, aquel asunto de Montreal..." Y hundido. Dunn le conminó a hablar sobre aquel asunto de Montreal. Pero Ponzi le dijo que era agua pasada. Nada importante. El derrumbamiento de Ponzi fue como un rayo, apenas un destello, que habría pasado inadvertido para la mayoría de la gente. Pero no para el ojo clínico de Dunn. Ponzi era bueno, y había logrado recomponerse en un tiempo récord. Pero Dunn era tan bueno o mejor. Así que en cuanto Ponzi salió por la puerta, Eddie llamó a su mejor reportero y le envió a Montreal.

Dunn no soltó a su presa, y siguió publicando artículos acerca de Ponzi. Aunque no habían acusaciones serias, desde luego se invitaba al lector a preguntarse qué había de real en todo aquel negocio. Ponzi decidió contraatacar, por lo que, a instancias de un juez, contrató a William McMasters, un ex-reportero del Post, como su jefe de prensa. La primera medida de McMasters fue concertar una entrevista con el Post. Que se viera que Charles Ponzi no tenía nada que ocultar. En la entrevista, Ponzi aclaró que, para empezar, no todo el dinero que recibía lo invertía en cupones. Tenía otras inversiones de las que no podía hablar, por supuesto. Y aprovechando la voz que le daría el Post, Ponzi soltó su propia bomba: a partir de ese día se comprometía a dar el 50% de beneficios a sus clientes no en 90 días, sino en 45. Tan seguro estaba de su negocio. El efecto de la noticia fue el esperado. Tras publicarse la entrevista, la policía tuvo que acudir a la oficina de Ponzi para que éste pudiera atravesar la turba que rodeaba el edificio. Todo Boston parecía querer darle su dinero a aquel mago de las finanzas.

El Post seguía publicando artículos, tratando de mantener viva la llama de aquel asunto. Entretanto, Ponzi era aclamado por las masas, quien desde la puerta de su oficina lanzaba discursos, parabienes, y advertía contra impostores que trataban de "copiarle" su negocio. Ponzi se sentía bien, se sentía seguro. Gracias a McMasters ya no temía a aquellos malvados del Post. Pero hete aquí que cierto día, sin él saberlo, se abrió un segundo frente dentro de sus propias líneas.

Ocurrió un día en que Ponzi invitó a conocidos y amigos a comer en su lujosa finca de Lexington. McMasters estaba entre los invitados. En cierto momento de la fiesta, Ponzi se llevó aparte al ex-redactor del Post para tratar de sus asuntos. Y en esas aquel mago de las fianzas le preguntó a su jefe de prensa cuál era la mejor forma de enviar a su madre, allá en Italia, mil dólares, y que los cobrara rápidamente. McMasters estaba atónito. Allí tenía al supuesto experto en tipos de cambio y al magnate de las finanzas internacionales, preguntándole acerca de la manera más rápida y segura de mandar dinero a su madre. McMasters no pudo sino hacerle notar aquel pequeño detalle. Ponzi le respondió que estaba demasiado ocupado con sus negocios como para preocuparse de cosas tan pequeñas.

A aquel detalle se sumó pronto otro, cuando Ponzi se mostró entusiasmado por una carta que le llegó de una zapatería, en la que hacían ofrenda de sus mejores pares de zapatos. McMasters se dijo que aquella no era forma de proceder para un gran hombre de negocios. Ya con la mosca tras la oreja, McMasters fue a ver a un amigo banquero. Como la gran mayoría de banqueros rivales, no tenía en alta estima al señor Ponzi. Pero aquel banquero le hizo a McMasters una buena observación: si aquel negocio era tan bueno, ¿por qué el señor Ponzi no invertía su propio dinero en él? El banquero sabía de buena tinta que Ponzi repartía su fortuna por varios bancos, pero ciertamente no reinvertía sus ganancias.
McMasters decidió hacer pasar a Ponzi por algunas pruebas legales. Convenciéndole de que así limpiaría del todo su nombre, McMasters convenció al hombre del momento para que fuera a ver al Fiscal General de Boston. Ponzi se presentó allí con una maleta repleta de billetes, nada menos que dos millones de dólares, para probar su solvencia, y realizó una de sus mejores actuaciones, haciendo que el Fiscal se perdiera entre su torrente de palabras y sus cifras. Cuando por mediación de Calvin Coolidge el astuto Ponzi se entrevistó con el procurador general del estado, el resultado fue todavía más convincente. Aun así McMasters logró que el fiscal y Ponzi acordaran pasar una auditoría de sus libros, y que hasta entonces Ponzi no aceptara más inversiones. Al fin y al cabo, una vez se conociera que nada sucio había en aquel negocio, los clientes de Ponzi se multiplicarían hasta el infinito. O eso le dijo McMasters.

Cuando se presentaron en la oficina de Ponzi los agentes del Tesoro, el italiano les recibió con toda amabilidad y les entregó dos gruesos libros. Las cuentas eran sencillas, les dijo. Allí estaban todas las entradas y salidas de dinero, y guardaba todos los recibos de los imponentes, por si deseaban verlos. Como podrían ver, no había nada ilegal allí. Todo aquello hizo pensar a McMasters que definitivamente Ponzi era un sujeto de cuidado. Pero estaba claro que los agentes, aparte de tomarse su tiempo para revisar todo aquello, no parecían desconfiar en absoluto de la honradez del hombre al que auditaban. Y mientras, en la oficina del procurador, se acumulaban las cartas de clientes ofendidos que protestaban por la forma en que se trataba a Charles Ponzi. Y como a cualquier político, a un procurador estatal le sentaba fatal la mala prensa. Si McMasters no se daba prisa, su caso podía irse al garete.

McMasters se decidió a llevarse a casa todos aquellos recibos, repasarlos uno a uno, y hacer sus propios cálculos. Tras muchas horas, cigarrillos y litros y litros de café, un sábado noche, 31 de julio, McMasters dio por fin con lo que andaba buscando. Y fue inmediatamente a contárselo a Richard Grozier, el mandamás del Post. McMasters le habló de sus sospechas, del aparente desconocimiento de Ponzi acerca de los envíos de dinero, de su modo de hacer mundano, y, especialmente, de las cifras que había recopilado: si Ponzi hubiera de responder en ese momento a todos sus inversores, se encontraría en un descubierto de cerca de dos millones de dólares. Grozier repasó las cifras. Y le encargó el artículo al mismo McMasters. Como inspiración éste recibió 5.000 dólares del periódico.

El lunes 2 de agosto el artículo de McMasters ocupaba la primera plana del Post. En la noticia se anunciaba a bombo y platillo el descubierto de Charles Ponzi, quien, mientras tanto, seguía liquidando sus deudas a todo aquel que quisiera retirar su inversión. Evidentemente la relación profesional entre McMasters y Ponzi había quedado rota. Éste le dijo a McMasters le dijo que lo lamentaría. Por el momento, Ponzi conservaba el favor del populacho. Tenía, además, el factor tiempo. Y las cajas fuertes de su banco, la Hanover Trust Company.

Tras concebir un plan, Ponzi se ausentó de Boston durante tres días. Sacó dos millones del banco, se fue a Saratoga, y los gastó en diversas apuestas. Comenzaba a no pensar con claridad, y creyó que podría convertir aquellos dos millones en diez, y solucionar sus problemas. Pero como era de preveer, perdió el dinero. Por lo tanto volvió a Boston y siguió satisfaciendo las reclamaciones de aquellos que decidían no reinvertir su dinero.

Las acusaciones del Post hicieron a muchos retirar su capital ahora que estaban a tiempo, pero ni mucho menos derrumbaron el imperio de Ponzi. Muchos más eran los que se resistían a creer que aquel hombre les hubiera engañado. Al fin y al cabo, nadie que hubiera invertido su dinero en el negocio de Ponzi se había quedado sin él. Fue así como Boston quedó dividida entre los defensores y los detractores del mago italiano de las finanzas. No era raro que estallaran peleas entre grupos de ambos bandos. Mientras, Ponzi repartía sándwiches y café entre las largas colas que esperaban ante su oficina. La gente seguía cobrando su dinero.

Mientras, allá en el norte, el reportero Herbert Baldwin seguía recorriendo Montreal, mostrando la foto de Charles Ponzi, por si alguien le recordaba o podía darle alguna información. Pero nadie parecía reconocer a aquel hombre. Un agente naviero le dijo que aquella cara le sonaba, pero no podía decir de qué. A Baldwin se le ocurrió que quizás Ponzi había tenido otro aspecto en aquellos días. ¿Y si añadía a la foto un bigote? El reportero se agenció un artista, quien pintó un bigote en la foto. Baldwin se volvió a reunir con el naviero. ¡Vaya! ¡Pero si era aquel Charles Bianchi que tanto había dado que hablar!

La historia de Carlo Ponzi, alias Charles Ponzi, alias Charles Bianchi, alias Charles Ponsi, y su relación con la estafa del Banco Zarrosi, y su condena carcelaria entre 1908 y 1910, llegó a las portadas del post el 11 de agosto. No tardó en descubrirse una segunda condena por otro crimen que había cumplido en Atlanta. Evidentemente aquellas noticias sentenciaron a Charles Ponzi. Todo había acabado para él.

En cuanto las noticias saltaron a los periódicos las autoridades se pusieron en acción. Se le sometió a vigilancia policial, se estudiaron sus archivos y se cursaron órdenes para confiscar sus posesiones. El pánico cundió entre los inversores. Se calculaba que Ponzi había recaudado unos quince millones de dólares, de los que había satisfecho gran parte. Pero al parecer restaba todavía un agujero de cinco millones de dólares.

Le llevó a la policía nueve días con sus noches poner en claro todo aquel asunto de los sellos postales. Finalmente averiguaron que no había tal tráfico de sellos, ni ninguna otra inversión. Se trataba simplemente, como explicaría, tiempo después, el propio Charles Ponzi al New York Post, de "el viejo juego de robar a Pedro para pagar a Pablo". Con las pruebas ya en la mano, Ponzi fue arrestado por haber contravenido los estatutos de Correos, una acusación que en los Estados Unidos ha hecho caer a los más diversos criminales. La historia de Ponzi le valdría al Post un premio Pulitzer.

Durante el juicio, celebrado en noviembre de 1920, a instancias de su esposa, Ponzi se declaró culpable, con el fin de rebajar la pena. Fue condenado a cinco años de prisión, de los que cumplió tres y medio. Al salir Ponzi se topó con la sorpresa de que ahora el estado de Massachusetts le acusaba de hurto. Ponzi recurrió, arguyendo que ya había cumplido condena por un delito federal, y por tanto no se le podía acusar ahora de uno estatal. Sin embargo el Tribunal Supremo dictaminó que al no acusarle del mismo delito, se le podía procesar. Por el momento Ponzi salió libre bajo fianza.

Ponzi decidió cambiar de nombre y mudarse a Florida. ¿Y cómo se ganó la vida allí? ¡Vendiendo extensiones de terreno en los Everglades y demás pantanos y prometiendo un 200% a los 60 días! Sin embargo esta vez el negocio no le salió bien, y en 1926 fue condenado a un año de prisión. Tras apelar, Ponzi salió libre tras pagar 1.500 dólares. Tras cambiar su aspecto, Ponzi trató de salir del país, pero fue apresado y condenado por el estado de Massachusetts a siete años de prisión. Tras ser liberado en 1934 el gobierno le deportó a Italia. Su mujer no le siguió, y se divorció de él en 1937. En Italia Ponzi siguió con sus timos, llegando incluso a tratos con Benito Mussolini, pero sus negocios se redujeron a estafas de poca monta que apenas le dieron beneficios. En 1939 comenzó a trabajar para una compañía aérea, trabajo que le llevó a Brasil. En 1941 Brasil entró en guerra contra el Eje, por lo que Ponzi se quedó en paro. Tras sobrevivir a un ataque cardíaco, Ponzi malvivió en Rio de Janeiro, quedándose cada vez más pobre y más ciego, medio paralizado por un infarto cerebral. El otrora dueño de Boston moría en la más absoluta miseria un 18 de enero de 1949.

Ponzi de camino al juzgado, rodeado de sus admiradores

Charles Ponzi no inventó un sistema, pero le encontró un gran uso estando en el momento y lugar adecuados. Aunque su futuro esquema ya existiera, fue él quien lo perfeccionó y lo llevó a cotas ilimitadas en una época en que no existían instituciones como la Comisión de Canje de Valores. El volumen de su estafa (la policía nunca pudo llegar a determinar la cantidad exacta de dinero que había acumulado, ni la cifra exacta del dinero que podía llegar a deber) fue tal que causó una gran sorpresa y consternación. Los periódicos se hicieron eco de aquella historia, el New York Post obtuvo una importante exclusiva entrevistando a Ponzi en la cárcel, e incluso el propio estafador acabaría escribiendo su autobiografía. Durante mucho tiempo hubo inversores de Ponzi que se resistieron a creer que habían sido engañados. Necesitaron tiempo para poder afrontar que todo aquel asunto había sido sólo una gran columna de humo, que se acabó disipando en el aire.

El "esquema Ponzi" sobrevivió a su, por así decirlo, creador, y estafas similares fueron surgiendo en distintos países en distintas épocas, ya fuera en Sudamérica, Asia, o cualquier otro continente. En los 90, tras el derrumbe del comunismo, varios países ex-soviéticos sufrieron sonoros casos de estafas a lo Ponzi. Aquellos que hagan algo de memoria también podrían recordar nombres como el de Sofico, o el de cierto negocio de sellos... Incluso en pleno siglo XXI, a pesar de la tecnología y los ordenadores, el "esquema Ponzi" demostró estar tan en buena forma como siempre. Pues uno de los últimos herederos de Charles Ponzi, un tal Bernard Madoff, se encuentra cumpliendo pena en prisión por haber resucitado el viejo arte de "robar a Pedro para pagar a Pablo".

sábado, 23 de abril de 2011

Ana Álvarez

Espero que ayer fuerais buenos y píos y no os llevárais carne alguna a la boca. Si no es así, habréis de taparos los ojos ahora mismo y mortificaros las carnes, pues no merecéis ver esta foto. ¡Iconoclastas!

Pues no sé si recordaréis a Ana Álvarez, que empezó a dar que hablar, aparte de por lo evidente, por su papel en La madre muerta, peli que me parece un soberano coñazo. No es de extrañar, por otra parte, que ella fuera lo mejor de aquel engendro titulado Aquí huele a muerto. Risas pocas, pero... ¡somos muchos los que recordamos cierta escena!


viernes, 22 de abril de 2011

Barrabás (1961)

En estos días de recogimiento, legumbres y espiritualidad, nada como una tarde de viejos peplums, torrijas y unas cervecitas, que no llevan carne, para sobrellevar tanta tensión de si llueve o no llueve. Yo creo que la solución para no aguarse las procesiones es la misma que para los recipientes en los botellones: pasos de plástico. Pero se ve que no es lo mismo. En fin, que como decía, salvo aquellos que se puedan ir a perderse en la ruralidad o a tostarse en las Bahamas o así, la Semana Santa es una buena excusa para rescatar todos aquellos clásicos religiosos producidos por judíos que deseaban que el mundo se olvidara de que lo eran. Aunque en este caso la producción corrió a cargo de un italiano, el mítico Dino de Laurentiis, que nos entretuvo a varias generaciones y nos regaló desde clásicos imperecederos hasta films totalmente infumables. Pero vayamos al meollo.

Cuando vi Barrabás por primera vez, allá cuando yo era un imberbe que poco sabía del mundo, lo que me llamó la atención fue la historia en sí, ya que uno sabía lo que todo el mundo: que en Pascua el amigo Pilatos había dado a elegir al pueblo para ser liberado entre uno que decía ser hijo de Dios y otro que era un criminal convicto con manos manchadas de sangre. El resultado podría haber sido bien propio de este país que nosotros llamamos España, pero esto ocurrió en Tierra Santa. En fin, que soltaron al tal Barrabás. Fin de la historia. Lo que no me imaginaba yo es que se pudiera coger algo de la Biblia y a partir de ahí inventarse el resto, que es lo que hizo a principios de los 50 un escritor sueco, ganador del Nobel y todo. Vamos, que Barrabás contaba la historia del malvado zelote a partir de que le dejaran en libertad. Y me pareció curioso todo aquello.

La trama no dejaba de tener su aquel: ¿como se sentiría uno si lo dejaran en libertad a costa de otro reo, que después resulta que hacía milagros y era el cordero de Dios, etcétera? A mínimo que uno tenga su coranzocito, desde luego algo le reconcomería el asunto. Y bueno, de esas cuitas y de sus peripecias trata Barrabás, una superproducción europea con apoyo de la Columbia Pictures y mucha sandalia.

Entre decorados gigantes (algunos más conseguidos que otros, pero todos destacan por su gran tamaño) y extras, el film aporta una de las características más habituales del género revitalizado allá por los 50: un reparto coral de estrellas y nombres más o menos importantes. Barrabás estaba protagonizada por el actor que podía interpretar a cualquier raza que no estuviera compuesta por arios rubios y de ojos azules: Anthony Quinn, un actor de resultados cualitativos variables pero que siempre imprimía una recia personalidad a sus personajes. Se deja ver también la bella Silvana Mangano (que sufre una de las lapidaciones más light y maquilladas de la historia), la racial Katy Jurado, un joven Vittorio Gassman haciendo de preso cristiano, un irreconocible Harry Andrews como Pedro, Ernest Borgnine que ni quita ni pone, y un estupendo y divertido Jack Palance haciendo de gladiador psicópata, quien es probablemente lo mejor del film. Su careto de enajenado cuando sale a la arena montado en su carro no tiene precio.

De la dirección se encargó el por lo general bastante competente Richard Fleischer, un director que se movía bien en todos los géneros y que cuando tenía los vientos a favor podía desmarcarse con films bastante potentes. En Barrabás el trabajo de Fleischer es por lo general sobrio y al grano, un gran trabajo de artesano a sueldo, aunque en los momentos en que el guión lo permite Fleischer se destapa con algunas escenas memorables, especialmente en la primera parte de la película. Aunque por encima de todas destaca la secuencia de la cruficixión de Cristo, para la cual Fleischer aprovechó un eclipse solar real y total. Los resultados son impresionantes, y sólo por esa secuencia esta película ya merece ser vista.

Barrabás es una buena película, que desde luego no está al nivel de una Ben-Hur, una Quo Vadis o alguna otra de las importantes del género, pero se deja ver, no se hace larga (cosa importante en este tipo de films), y tiene unos cuantos buenos momentos. Y ese eclipse solar impepinable.

Como dato anecdótico y vulgar, no sé por qué pero mientras veía la peli se me ocurría que si hicieran un remake nuestro Bardem podría ser un buen Barrabás. Resumiendo: que ahí lo dejo. Yo me lavo las manos.

miércoles, 20 de abril de 2011

Limusina blanca

"White Limo" debe ser sin duda el mejor tema que han sacado los Foo Fighters en años. Al menos para mí. Aunque no es que crea que su carrera ha caído por el fango, sus temas en la onda de "Learn To Fly" y el hard rock chicle que habían venido practicando estos años no era algo que me colmara de placer. Pero supongo que rodearse de gente como Lemmy o Josh Homme se tenía que notar tarde o temprano. Si de mí dependiera, encerraba a Grohl en un sótano a componer más trallazos como éste.

Y parece que Pat Smear, que con los años se va pareciendo cada vez más a un zombi de alguna peli de Ed Wood, ha vuelto con Dave y compañía. Y eso sólo puede ser bueno.

Por cierto, no se pierdan el impagable videoclip de la canción, con cameo del amigo Lemmy incluido. Otra cosa no, pero los videos de los Foo Fighters no suelen decepcionar.


martes, 19 de abril de 2011

Yo confieso (1953)

Seguramente pocos films de Alfred Hitchcock se hayan centrado tanto en la figura de un sólo actor, y su interpretación. Y más cuando se trata de una rutilante estrella del método como era Montgomery Clift. Es curioso que en Cortina rasgada la interpretación de Paul Newman no acabara de funcionar para la película de Hitchcock, mientras que en Yo confieso Monty Clift está tan contenido como sublime, funcionando perfectamente dentro de la mecánica habitual del director. Evidentemente las particularidades de la trama y del personaje de Clift no podían sino contribuir a ello. Por tanto Yo confieso no es sólo uno de los films que conformaron la etapa más gloriosa de Hitch, sino que además nos ofreció una de las interpretaciones más intensas dentro de la filmografía del maestro del suspense.

La particular historia de Yo confieso llegó a Hitchcock a través del dramaturgo francés Louis Verneuil, quien le habló de una vieja obra de teatro que interesó al genial director. La trama de aquella obra giraba entorno a un sacerdote a quien un asesino confiesa su crimen. Por un cúmulo de varias casualidades y contratiempos el sacerdote será acusado del crimen, pese a lo cual no delatará al culpable, debido al secreto de confesión. Se trataba nuevamente de una de las constantes en la obra de Hitchcock, el cuento del falso culpable.

Debido a que la trama tenía lugar en un ambiente de marcado carácter católico, Hitchcock decidió salir a rodar fuera de los Estados Unidos y hacer su película en la francófona y católica Quebec. Si lograba solventar el problema de que el público protestante comprendiera todas las sutilidades que envolvían a los ritos católicos y el secreto de confesión, a Hitchcock aun le quedaba un problema aun mayor: contentar a la censura, que vigilaría estrechamente el guión debido a su trama tan espinosa. Por tanto durante todo el rodaje el maestro hubo de andar con pies de plomo.

La cinta es la obra de un genio en estado de gracia, y Hitchcock llegaría a rodar películas tan fabulosas que Yo confieso casi parecería un film menor, aunque es imposible negar que el director seguía en racha. De nuevo el viejo Hitch hacía gala de su maestría técnica y de su poderosa imaginación fílmica, especialmente en aquellos planos en que servía de distinta imaginería católica para aportar dramatismo a determinadas escenas. El uso que Hitchcock hizo de las localizaciones es increíble, y Yo confieso debería figurar como ejemplo en cualquier capítulo de los manuales cinematográficos que traten el uso de exteriores.

Junto al estupendo pulso de Hitchcock cabe destacar, nuevamente, el excelente trabajo de Montgomery Clift, un actor que, al igual que Alfred, estaba en su mejor momento. Anne Baxter le acompañaba y cumplía en su papel, aunque Hitchcock habría querido a la actriz sueca Anita Björk, pero el estudio se opuso debido a que la actriz había tenido un hijo con su amante, así sin casarse ni nada. Karl Malden y el siempre elegante Brian Aherne completaban el reparto principal con su buen hacer habitual.

Poco más queda por decir. Como todo el mundo ya sabrá, Yo confieso no puede faltar en cualquier estantería de un fan de Hitchcock que se tenga por tal.

domingo, 17 de abril de 2011

Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra (XXXIII)

LANDSLIDE

Desde luego el nombre de Landslide definía bastante bien el sonido del grupo: blues rock 70s con profuso uso del slide, y unas pocas cartas de psicodelia en la manga. En 1972 estos tipos, surgidos de algún punto de Long Island, se sacaron de la manga el espléndido LP Two Sided Fantasy, para luego desaparecer de nuevo. Lo típico de estos casos. De todas formas en el que fue su único disco lograron reunir un buen puñado de canciones que sonaban estupendamente, y que en sus mejores momentos recordaban, salvando las enormes distancias por supuesto, a iconos como Cream, Johnny Winter, los Allman Brothers o Taste.

"Doin' What I Want" abre el disco con un cencerro que domina todo el tema, y unos riffs que se debaten entre el jazz y Santana, la banda. "Creepy Feelin" es un bonito tema campestre que recuerda a puestas de sol, y que se va animando con hendrixianos sonidos de wahwah. "Everybody Knows (Slippin')" es de lo mejorcito del álbum: slide a lo Gallagher o Winter y una poderosa batería que recuerda a Ginger Baker, mientras que "Dream Traveler" se abre paso con fuerza para dar paso a un medio tiempo de melodías que recuerdan a unos Jefferson Airplane que hubieran tenido, otra vez él, al batería pelirrojo a las baquetas. En "Susan" tenemos toneladas de diversión con guitarra slide, un riff macanudo y voces a lo Aerosmith jugando a ser Cream. "Sad and Lonely" es el tema más oscuro y psychjebimetaldeldiablo del disco: un ritmo pesado, desafinaciones inquietantes y una batería peleona. Para cerrar el disco Landslide atacan con un tema lento, "Little Bird", y "Happy", una copla de riffs pesadotes de esos que caracterizaron el primer disco de Black Sabbath.

En definitiva, un más que recomendable disco. Esta vez no hay medias tintas; Landslide son definitivamente un grupo de buenas guitarras y mejores riffs.


viernes, 15 de abril de 2011

Érase una vez en América (1984)

Las escenas de violación son "amor" a los ojos de Sergio Leone. Titular del Los Angeles Times.

A principios de los 60 una novela titulada The Hoods, mitad autobiografía y mitad ficción, escrita por un antiguo gángster durante gran parte de su estancia en Sing-Sing, llegó a Italia y a manos de un director llamado Sergio Leone. La novela en sí no le fascinó, pero le gustó la idea de que el autor pudiera ser el mismo Noodles que protagonizaba el libro, y el hecho de que la historia no tratara sobre los grandes capos de la Mafia, sino sobre más bien unos maleantes que trataban de sobrevivir en el Nueva York de principios del siglo XX y la era de la Ley Seca. Y seguramente le gustara aun más el hecho de que aquellos maleantes ni siquiera fueran mafiosos o italianos, sino gángsteres judíos. El primer gran interés de Leone fue dar al aspecto del film y su ambientación unos visos de realidad del que carecían los films clásicos de gángsters o las pelis de mafiosos de principios de los 60. Por ello ya en la posproducción de El bueno, el feo y el malo Leone encargó a Sergio Donati un somero estudio sobre aquella época y el Nueva York las primeras tres décadas de siglo.

La gestación de Érase una vez en América estaba destinada a ser algo tan espaciado en el tiempo y tan monumental como la propia historia de la película. Aunque ya en años anteriores Sergio Leone había trabajado en la adaptación de la novela, el ansiado proyecto cobraría vida y moriría varias veces entre el estreno de ¡Agáchate, maldito! en 1971 hasta el comienzo del rodaje del film a principios de los 80. Oficialmente en todo aquel tiempo Leone no se puso tras una cámara, aunque realizó colaboraciones no acreditadas en Mi nombre es ninguno y El genio. Pero retrocedamos un poco, no mucho antes de la época en que Richard Nixon juró su cargo como presidente por primera vez.

En 1968 Sergio Leone se encontraba en los Estados Unidos promocionando Hasta que llegó su hora. Aprovechando su estancia decidió contactar con Harry Grey, el autor del libro, para hacerse con los derechos de The Hoods. El pétreo abogado de Grey se hizo el interesante varios días, diciendo que nadie hablaba con su cliente directamente. Al menos parecía que los derechos podían estar disponibles. Pero Leone necesitaba hablar con el autor del libro, pues era, supuestamente, el verdadero Noodles. Cuando ya había perdido toda esperanza, Grey llamó. En una voz baja, rasposa y seca, Grey aceptó reunirse con Leone. El orondo director y su cuñado se citaron con Grey en un café, donde le explicaron su idea para el film, escenificando ciertas escenas que tenían pensadas. En unos incómodos cincuenta minutos Leone habló y habló ante un anciano impávido y silencioso. Como recordaría el propio director, "conseguimos arrancarle un par de respuestas como si le arrancáramos dos dientes sin anestesia". Sin duda el huraño Grey le hizo sudar tinta. Pero finalmente dijo las palabras mágicas: "de acuerdo". Grey dejó el café inmediatamente después, pero Leone ya sabía dos cosas: que obtendría los derechos para el film, y que su Noodles no sería una especie de James Cagney o un gángster glamuroso, tan sólo un pobre diablo que trató de salir adelante lo mejor que supo.

La primera sorpresa llegaría cuando Leone se enteró de que en realidad los derechos de la novela ya habían sido vendidos unos años antes. Y la persona que por entonces tenía aquellos derechos no tenía ninguna intención de venderlos.

El desilusionado director decidió entonces embarcarse en el proyecto de ¡Agáchate, maldito!, a la par que contactaba con unos productores franceses, que prometieron colaborar con él si se lograban los derechos de la novela. Quizás aquel tal Gérard Depardieu sería un buen Noodles. Sin embargo tras meses de negociaciones, tampoco esta vez se consiguió nada. Parecía que sería más fácil resucitar a Hitler que conseguir aquellos derechos.

En 1976 Leone seguía sin derechos y sin guión, salvo una escena de apertura. Entonces llegó a un nuevo acuerdo con otro productor, Alberto Grimaldi, y, confiando en que Grimaldi triunfaría donde todos habían fracasado, comenzó a preparar un tratamiento para el guión. Sin embargo otro pequeño golpe llegó cuando al parecer el film 99,44 por 100 muerto le robó su escena inicial, ya por casualidad, ya por cualquier otro motivo. De todas formas aquello sólo era un pequeño contratiempo, y por tanto el director siguió adelante, para lo cual se reunió con Fred Caruso, el jefe de producción que había logrado en El padrino que el Nueva York de aquella época retrocediera a la era de los 20. Leone le pidió que calculara un presupuesto y buscara algunas localizaciones. Caruso aceptó. Cuando Leone volvió a ponerse en contacto con él, habían pasado siete años.

No mucho después, Leone recibió en su casa un ejemplar de la novela depositada una bandeja de plata. Como un viejo capo siciliano, el director captó el mensaje: Grimaldi se había hecho, por fin, con los derechos de The Hoods.

Fue entonces cuando Leone se puso a considerar la dirección de la película. Como ya le había ocurrido en ocasiones anteriores, el miedo escénico le empujó a buscar a alguien capaz de dirigir el film, mientras Leone se encargaba del proyecto en la sombra, como productor asociado o algo así. Como había ocurrido también anteriormente, sería el propio Sergio quien acabaría dirigiendo el film, por fortuna para todos nosotros, pero era como si necesitara de aquel ritual para convencerse a sí mismo de que él era el único que podía dirigir la película a su gusto.

La primera opción de Leone fue el joven John Milius, cuya Dillinger le había impresionado verdaderamente. De haberlas llevado, seguramente Milius habría mojado las bragas. Como todos los compañeros de su generación, aquella saga de directores surgidos de la UCLA, el joven director admiraba fervientemente el trabajo de Leone y sus spaghetti western. Y así se lo hizo saber al italiano cuando se reunieron. Pero también le hizo saber que tenía un guión entre manos que acabar (el de Apocalypse Now) y un proyecto propio que dirigir (El viento y el león), por lo que muy probablemente no podría aceptar el encargo.

Mientras Leone hablaba con Milius, Alberto Grimaldi convenció a Norman Mailer para que elaborara un tratamiento del guión. Creía que era esencial que un norteamericano escribiera el guión. Sin embargo, según Leone, el tratamiento de Mailer era "una versión Mickey Mouse", por lo que aquel trabajo se desechó. Leone decidió aferrarse a aquellos que conocía mejor, y encargó un nuevo tratamiento a Enrico Medioli (colaborador de Visconti) y Franco Arcalli (a quien Leone conocía de su trabajo en El conformista). Tras algunos meses de trabajo los dos guionistas y Leone lograron conformar un tratamiento de trescientas páginas. Tras dejar a Arcalli rematando el guión, Leone y Medioli viajaron a Nueva York para buscar localizaciones y reunirse de nuevo con Harry Grey, quien se soltó la melena pronunciando unas pocas frases. Afirmó haber estado asociado con un tal 'Frank' (Leone y Medioli dedujeron que sólo podía ser Frank Costello) y que, al contrario que en la novela, en realidad el personaje de Max seguía vivo.

Mientras el guión seguía avanzando tortuosamente, Leone aprovechaba sus viajes a los Estados Unidos para visitar Nueva York, extraerle con cuentagotas más información a Grey o entrevistarse con viejos veteranos de las calles del Lower East Side. Entre sus varias conclusiones, Leone extrajo una curiosa lección al respecto de los gángsteres judíos: "Muy pronto comencé a comprender que un gángster judío, incluso uno muy malvado, podía volverse muy religioso a medida que se hacía viejo [...] Esto no sería posible con un italiano [...] Los mafiosos ridiculizaban completamente la religión. Sólo la utilizaban como pretexto". Aparte de entrevistas con ex-maleantes y criminales, Leone también uso profusamente ideas que extrajo del voluminoso estudio sobre la mafia Murder Inc., escrito por el ex ayudante del fiscal de distrito Burton Turkus.

Para expandir la parte de la trama situada en 1922, Leone contrató al equipo de guionistas formado por Leonardo Benvenuti y Piero de Bernardi. Para ayudarles a visualizar lo que quería, Leone les relató sus propias historias de la calle cuando era un chaval más en los vericuetos del Trestevere. A otro escritor y crítico (un San Pablo respecto a la obra de Leone), Franco Ferrini, le puso en un apartamento de Roma a leer novelas de criminales de principios de siglo e investigar toda aquella convulsa época en la macedonia étnica de Nueva York. Mientras tanto, Leone se fue a pasear por las calles de Montreal, de las que dijo que se parecían más a la Nueva York de los años 20 que la propia Nueva York.

A finales de 1975 Leone ya tenía una idea para el reparto. Gérard Depardieu sería Noodles, y Richard Dreyfuss su inseparable amigo Max. Jean Gabin sería el Noodles anciano, y James Cagney el Max anciano.También habría cameos de insignes personalidades como George Raft, James Stewart o Henry Fonda. Pero poco a poco llegaron los contratiempos: Cagney afirmó estar halagado, pero se consideraba ya demasiado mayor (aunque unos pocos años después Milos Forman lograría convencerle para despedirse del cine con Ragtime), Dreyfuss no estaba interesado en hacerla y de Depardieu nada más se supo. Leone, sin actores y con un guión todavía endeble, retrasó el comienzo del rodaje hasta 1977. En la edición del Festival de Cannes de 1978 el director todavía estaba hablando de adaptar cierta novela de gángsters. No fue hasta 1981 que Leone aprobó un guión de rodaje de 317 páginas.

Dentro de una ambientación realista y unos matones que no respondían a los clichés del cine (en la película el propio Noodles se desmarcaba de la actitud de los hampones cinematográficos) Leone hizo lo que siempre había hecho: reciclar los géneros norteamericanos, contar una historia americana a su manera y, de paso, homenajear a todos aquellos filmes más o menos relacionados con los gángsters que le habían obsesionado en su niñez y juventud: Ciudadano Kane, La dama de Shangai, Código del hampa, Ángeles con caras sucias, El último refugio, o incluso el Atraco perfecto de Kubrick.

El centro de la trama sería el fumadero de opio, donde el circulo se abría y se cerraba, y desde el cual se exponía la ambigüedad de la historia de Noodles, una posible sombra chinesca sobre la que Leone reconoció la influencia del A quemarropa de John Boorman. ¿Realidad o ficción? ¿Hay un truco dentro del truco? Queden las respuestas para el espectador.

Contando de nuevo con su fiel Morricone, ésta vez Leone le pidió una banda sonora totalmente distinta a las otras, partiendo del tema de la época "Amapola" (el leitmotiv del personaje de Deborah) y de composiciones de Cole Porter y otros autores de los años 20 y 30. Para las escenas en los 60 se escogió como base el "Yesterday" de los Beatles. Para el tema central del film y su distintivo uso de las flautas de Pan Morricone se inspiró en la obra del concertista rumano Gheorghe Zamfir. Como afirma Christopher Frayling en su estupenda obra sobre Leone Algo que ver con la muerte, el caso de la banda sonora de Érase una vez en América debe constituir todo un récord en Hollywood, pues ya se encontraba prácticamente acabada para 1975-76, seis años antes del comienzo del rodaje.

El rodaje todavía había de retrasarse un par de años, durante los cuales Leone y Grimaldi hubieron de solventar sus diferencias, ya que tras los fracasos de Novecento y Casanova, Grimaldi ya no creía en los films extralargos ni en las historias narradas en dos partes. Tras varios tira y afloja, Grinaldi aceptó desprenderse de los derechos de la novela. A Leone sólo le restaba encontrar un productor interesado que financiara la película y pagara el dinero de los derechos. Lo encontró en la figura del millonario israelí Arnon Milchan, lo que sin duda era muy acertado tratándose de gángsteres judíos. Tras producir varias obras de teatro, Milchan se había decidido a poner su dinero en Hollywood convencido por Scorsese, para quien Milchan iba a producir El rey de la comedia. Finalmente en 1981 se dio luz verde a la preproducción. Durante ese tiempo se encargó a Stuart Kaminsky retocar el guión, especialmente los diálogos, para que no parecieran lo que eran en realidad: una traducción del italiano al inglés. El guión final con el que Leone comenzaría a rodar en 1982 sufrió algunos cambios, y se abría ahora con el asesinato de Eve, la novia de Noodles.

Durante 1981 y gran parte de 1982 Leone buscó localizaciones y realizó multitud de entrevistas con actores y actrices y otras tantas audiciones. Sin embargo el proyecto estuvo a punto de peligrar cuando Milchan y Leone chocaron acerca del larguísimo metraje del film, en la típica discusión proverbial en estos casos: el productor que quiere recortar, y el director que considera cada plano totalmente esencial. Y entonces, apareció Robert de Niro.

De Niro ya había conocido a Leone a mediados de los 70, cuando lo único importante que había realizado el actor era Malas calles. Ni Leone había visto la película ni De Niro se había molestado en ver los westerns del italiano vapuleados por la crítica, pero ambos se cayeron bien. Para cuando Milchan contactó con él, Robert de Niro ya era sin duda alguna el rey de su generación, un impresionante actor en su mejor momento que obraba maravillas. Con De Niro en el proyecto Leone estaría dispuesto a aceptar según qué cosas. De hecho le impresionó que De Niro recordara su anterior encuentro. El actor estaba a punto de comenzar a rodar El rey de la comedia, pero Érase una vez en América podría ser su siguiente proyecto. Tras la típica charla con Leone contando su película plano a plano, De Niro se llevó el guión y la novela a casa y prometió pensarlo. El director le dio a escoger entre dos personajes: Noodles o Max. Aunque De Niro pensaba de Leone que "no se tomaba demasiado en serio, ni siquiera en la forma en que elaboraba los créditos", le caía bien, la historia le gustaba, y se veía en el papel de Noodles. De Niro tuvo en vilo a Leone durante dos meses, hasta que finalmente aceptó. En ese preciso momento el director se olvidó de buscar a un Noodles joven y a otro viejo.

Desde el mismo momento en que De Niro firmó el contrato cambiaron las perspectivas del film. También desde entonces muchos predijeron una gran tormenta. Leone era famoso por su personalidad de duce, y su interés superfluo en las interpretaciones; parecía centrarse más en los rostros y las situaciones que en las sutilidades de la actuación. De Niro era todo lo contrario: para él la interpretación lo era todo, y para conseguir sacar de sí mismo lo que él deseaba era capaz de pasar por encima de todo y de todos, incluido el director. Al final, sin embargo, la sangre no llegaría al río. De hecho, De Niro y Leone se llevarían bastante bien. Al fin y al cabo, en sus respectivos apartados, eran los dos igual de obsesivos, así que se entendían bien y ambos estaban más que dispuestos a colaborar y dedicar todas las horas que hicieran falta, algo que Leone no siempre obtenía de sus actores, ni De Niro de sus directores.

Con el coloso de De Niro contratado, se desechó cualquier idea que se pudiera tener para el reparto, que finalmente se construyó entorno a Bob. De hecho el propio De Niro se sentaría junto a Leone y los directores de cásting en la mesa de audiciones. La ventaja de tener a De Niro es que todo Hollywood (salvo quizás Brando, que solo salía de su isla si veía refulgir los lingotes de oro) quería trabajar con él. De Niro ejerció de Nepote y solicitó probar a unos cuantos amigos y conocidos, aunque no por ello perdía la objetividad: si en la audición la cosa no funcionaba, él era el primero en descartar a aquella persona. De todas formas, a través de De Niro llegarían los primeros nombres al reparto: Joe Pesci y Tuesday Weld. Dos aciertos muy majos. Especialmente por la Weld, que estaría estupenda en el film. Para el papel de Max Leone exigió a un rostro desconocido. Recordó entonces a un joven que le había impresionado en los 70, en el teatro, y al que no hacía mucho había visto en la serie Holocausto: James Woods. Aunque a Leone le gustaba, De Niro era reticente, pero el director finalmente le convenció. Woods encontró la oferta novedosa: "me ofrecieron tantos papeles de judío atormentado que, si los hubiera aceptado, me hubiera convertido en miembro honorario del Knesset". A pesar de su reticencia, cuando Woods se mostró capaz de hacerle frente ante las cámaras, ambos comenzaron a alimentarse de su rivalidad para enriquecer la relación de sus personajes. Y desde luego que Woods salió más que airoso del trance.

Poco a poco siguió llegando el resto del reparto: la bella, delicada y por entonces jovencísima Elizabeth McGovern (por la que Leone tuvo que estar más persuasivo que nunca para convencer a De Niro), Danny Aiello, que tendría un papel pequeño entre los que podía escoger, y para hacerlo escogió al que se apellidaba como él, el hombre de mirada misteriosa William Forsythe, y varios niños intérpretes, entre los que cabe destacar, por supuesto, a una todavía prepúber Jennifer Connelly.

Como era de esperar, aunque De Niro y Leone no chocaran demasiado, tuvieron sus diferencias, aunque por lo general uno u otro acababa cediendo. De Niro incluso se permitió incluir un homenaje en su actuación al modo en que entendía el cine de Leone, según lo que había visto (yo apostaría a que tenía en mente la introducción de Hasta que llegó su hora). Su particular homenaje fue incluido en la escena en que Noodles, reunido con sus colegas de la banda, se dispone a tomar un café, antes de lo cual remueve y remueve el café una y otra vez en lo que da la impresión de ser unos minutos interminables.

Estando De Niro en el rodaje estaba también claro que, si no volvía loco a Leone, volvería loco a alguien más. En este caso los damnificados fueron los utilleros. Para cierta escena en la que tenía que despertarse súbitamente, De Niro exigió que en el plató se oyeran ruidos inusuales para ayudarle en su interpretación. Ya saben, eso que suele conocerse como "el capricho Stanislavski". El problema vino cuando ninguno de los ruidos parecía ayudarle, con lo que se hicieron montones de tomas hasta que De Niro se quedó satisfecho con sus ruidos. Parece que un utillero resumió el sentir del gremio en esta frase: "¿Hay alguna escena en este film donde él tenga que gritar? Si la hay, me presento voluntario para ser el que le patee las pelotas".

Completar Érase una vez en América llevó prácticamente dos años y medio, de los cuales casi doce meses correspondieron al rodaje. Al acabar, Leone tenía pilas de latas que acumulaban 10 horas de metraje usables (es decir, habiendo descartado cortes entre toma y toma y demás). Tras muchas horas de trabajo en la sala de edición el primer montaje alcanzaba las seis horas. Leone tuvo que aceptar que el contar historias largas en dos partes ya no era aceptado por ningún productor o estudio, con lo que finalmente obtuvo un montaje final de casi cuatro horas. Para ello se eliminó todo un papel (el de Louis Fletcher como directora del cementerio), se redujo el papel de la novia de Noodles al mínimo, y tanto los personajes de Elizabeth McGovern como el de Tuesday Weld perdieron también escenas por el camino.

Por supuesto, la distribuidora americana, Ladd Company, presentó una queja. El contrato estipulaba un máximo de 165 minutos. Quizás podrían aceptar 180, o incluso si raptaban a las hijas de los mandamases y amenazaban con repartir sus cachos por el Atlántico, 210. Pero nada de un film de cuatro horas. ¿Y qué había de aquella confusa escena inicial, con ese martilleante sonido de teléfono? En este punto merecen ser transcritas unas frases al respecto de Mary Corliss, colaboradora de la revista American Film: "Los timbrazos son muy largos y fuertes, y hay veintidós de ellos, chillando en escenas que ningún miembro del público puede todavía comprender. Resulta fácil imaginar que después de cinco timbrazos, Alan Ladd Jr. intentara determinar lo que pretendía Leone; que después de diez timbrazos, decidiera que aquello era infligir dolor al público; que después de quince timbrazos imaginara a los miembros de ese público gritando: '¡Responde al maldito teléfono!'; que después de veinte timbrazos deseara haberse dedicado a otra cosa; y que al vigésimosegundo timbrazo decidiera cortar la maldita película hasta una longitud que los exhibidores pudieran encontrar aceptable".

Y evidentemente, y por desgracia para el público americano, aquello fue lo que pasó. Entre finales de los 70 y principios de los 80 habían sido muchos los fracasos de films extremadamente largos. En febrero de 1984 un discreto preestreno del film, al que sólo se habían restado dos minutos de violencia, y que dio resultados terribles entre la audiencia, sirvió como excusa para que Ladd girara su pulgar hacia abajo. Así, mientras Leone se las veía y se las deseaba, allá en Italia, para recortar su película de manera que tuviera sentido, en Hollywood se le otorgaron plenos poderes a algún empleado, montador obediente o un sastre, para que recortara la película a dos horas. Por supuesto Sergio Leone no fue informado de ello.

Aquel montaje fue para la historia del cine uno de los grandes crímenes perpetrados en Hollywood. Para cuando Leone se enteró de que el estudio había montado su propia versión, ya era tarde, y aunque intentó apelar a los tribunales, no pudo evitar el estreno en los Estados Unidos de una raquítica versión de 144 minutos. Mientras en Cannes todos aclamaban su versión de cuatro horas, el confuso público americano tuvo que enfrentarse a una deslabazada historia de la que nada entendían. El desastre fue mayúsculo. Aquella versión de Érase una vez en América fracasó en taquilla y fue vapuleada por la crítica. El desastre fue tal que ni siquiera se promovió su candidatura a los Oscar. Aquella edición Amadeus se libró de su competidor más serio.

Por supuesto la crítica sabía lo que había pasado, y la presión fue tal que para el festival cinematográfico de Nueva York se pasó el montaje de Leone. Pero para entonces la taquilla ya estaba perdida. James Woods lo resumió en su particular estilo: "Tres semanas antes de que el film sea estrenado, hacen que el ayudante de montaje de la serie de Loca academía de policía lo corte a jodidas tiras. Quiero decir, ¿creen ustedes que yo tenía instintos suicidas? El film resultante fue jodidamente masacrado por los críticos, como tenía que ser. Espero que quemen el jodido negativo".


Mis primeros recuerdos de Érase una vez en América son prácticamente furtivos. En algún punto de esos años de pantalones cortos me enamoré de aquella bailarina llamada Deborah, y así hasta hoy, pero bien es cierto que dos de los momentos que siempre llevé conmigo fueron el chico hambriento esperando con el pastel a la puerta de la vecina cachonda del barrio, y una pistola jugueteando con un pezón femenino, momento en que no sé como no me mandaron a mi cuarto. Aunque evidentemente a la larga me acabaron mandando allí. O quizás me entró sueño. O a lo mejor lo soñé todo. Lo cual tendría su sentido. Pero cada vez que veo a la Connelly dar sus pasos al ritmo de "Amapola" me vuelvo a sentir cual niño espiando por una ranura, o esperando en las escaleras con un pastel.

Con razón, muchos apuntan a Érase una vez en América como la obra maestra de Sergio Leone. Resulta difícil hablar de un film tan enorme, y conocido más o menos por cualquier cinéfilo con algo de sangre en las venas. De Niro volvía a apabullar, el resto del reparto, con Woods y Tuesday Weld a la cabeza, mantenía el envite, y Leone se desenvolvía tras la cámara con más maestría que nunca. Aquellos dolorosos 13 años de inactividad (¡qué duros debieron ser para los fans de la época!) tenían por fin su recompensa. Si alguna vez nos invaden los alienígenas, Érase una vez en América será una de las obras que se dediquen a expoliar, una de las metopas que se llevarán a sus museos los alter egos marcianos de los conquistadores británicos.

De una forma típicamente Leone, Érase una vez en América reparte por igual escenas de delicada belleza (ineludible es citar todas esas escenas de la joven Deborah) con brutales estallidos de violencia, en especial las dos secuencias de violación que en su día provocaron indignaciones en todas partes, especialmente entre el sector femenino más radical, claro.

La primera, la que atañe a Tuesday Weld, aunque brutal, está inmersa en una secuencia tan delirante que prácticamente parece un gag más. Nunca deja de resultar impagable ver al personaje de la Weld poniéndose cachonda en mitad del atraco, pidiendo guerra a un (si no recuerdo mal) alucinado Max. La segunda, la de Elizabeth McGovern, desde luego entró por derecho propio en una de las más largas e impactantes violaciones de la historia del cine, que seguramente no fue superada hasta la ida de olla de Irreversible. A pesar de su brutalidad, y de que prácticamente se trata de dos violaciones seguidas, destaca el modo tan impersonal en que está rodada, casi como si hubiera sido abordada desde un punto de vista documental; la cámara no se alinea con el violador o con la víctima, sino que permanece prácticamente como un testigo mudo. Pero evidentemente está rodada de una forma tan cruda que lo mínimo esperable era que a Leone le cayeran collejas por todas partes. Incluso en el festival de Cannes una espectadora increpó a De Niro por la escenita. Al final fue la propia McGovern quien tuvo que justificar la misma, poniendo las cosas en su sitio.

Pero en fin, más allá de las anécdotas de violencia o sexo, Érase una vez en América se yergue incólume como una de las mejores películas de las últimas décadas. La gran desgracia fue que cinco años después de su estreno perdíamos a Sergio Leone para siempre. Un director a quien, como Kubrick, aun le quedaban muchos cartuchos que gastar.